La Inteligencia Artificial se está volviendo determinante para afrontar muchos de los grandes desafíos a los que se enfrenta la humanidad, como el cambio climático, la salud y el bienestar en el mundo, la valorización de los recursos naturales o la creación de dispositivos legales y democráticos fiables y duraderos. Esta tecnología está transformando nuestros modos de vida, consumo, funcionamiento y trabajo. Es el comienzo de una revolución silenciosa — una nueva era de cambio y disrupción — que se produce ante nuestros propios ojos.
En este contexto, es esencial que los sistemas algorítmicos y las aplicaciones inteligentes sean éticos, eco-responsables, inclusivos y dignos de confianza, desde su concepción hasta su uso y seguimiento en el tiempo (cf. Ethics by Evolution), dado que la responsabilidad pertenece a la vez a los diseñadores, a los propietarios y a los usuarios. Como bien podría haber dicho el escritor humanista francés del Renacimiento, François Rabelais: «los algoritmos sin conciencia no son más que la ruina anunciada de nuestra sociedad».
En definitiva, la ética aplicada a la IA concierne plenamente el futuro de la especie humana, nuestra libertad de autodeterminación, de juicio, de libre albedrío, y de la condición humana, tanto individual como colectiva.